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sábado, 23 de noviembre de 2013

Quinto Misterio: Cristo Rey en la Cruz

Autor: Fr. Carlos Lledó López O.P.

Meditamos el quinto misterio doloroso del Rosario: Cristo en la Cruz. El trono de la Cruz es la expresión suprema de la realeza de Cristo. Con María, adoramos a Cristo Rey del Universo.

PRIMERA LECTURA. Libro segundo de Samuel 5, 1-3.

La figura de David.

La lectura del segundo libro de Samuel presenta la figura de David ungido como rey por Samuel. Por virtud divina, el pastor de ovejas se convierte en pastor de pueblos. Las tribus de Israel salen al encuentro de David y le dijeron: Hueso y carne tuya somos. Tú diriges las entradas y salidas de Israel.

Se cumple la promesa del Señor cuando dice: Tú serás el pastor de mi pueblo, Israel, tú serás el jefe de Israel. El rey David hizo un pacto con su pueblo de paz.

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Preanuncio de la realeza de Cristo.

Las cualidades de la realeza de David preanuncian las de Cristo, Rey del universo. Cristo será el Ungido del Padre para ser Rey de lo visible e invisible. Cristo será constituido Pastor universal por encima del tiempo y de todas las generaciones. La promesa salvífica del Padre se cumple por medio del Hijo que firma un pacto con su pueblo: la Nueva Alianza en su sangre.

Nuestra actitud.

Nos acercamos a Cristo para reconocerlo como Rey y Dueño de nuestras personas y actividades. Él nos da, la fortaleza que necesitamos para ser fieles a nuestra vocación y misión. El guía nuestros pasos por el camino de la santificación. Somos de Cristo. Pertenecemos a Él porque nos ha conquistado al precio de su sangre en el trono de la Cruz.

Invocación mariana.

Santa María: eres Reina porque participas de la realeza de tu Hijo. Reina totalmente entregada a la misión redentora. Enséñanos a ser súbditos fieles de tu hijo y a vivir totalmente entregados a las exigencias del Reino.

SEGUNDA LECTURA. Colosenses 1, 12-20.

Cristo Rey eterno.

Siguiendo la enseñanza de San Pablo, adoramos a Cristo porque es nuestro Rey. Su realeza es eterna. No es comparable con la realeza de este mundo. Cristo es anterior a todo y todo se mantiene en Él, porque es Hijo del Padre desde toda la eternidad. Es Dios como el Padre. Todo ha sido hecho por Él.

Cristo Rey, cabeza de la Iglesia.

Cristo Rey es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Por eso, es Rey de la gracia y la santificación. Es el primero en todo, porque en Él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Es el Rey que reconcilia consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz".

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Participamos de la realeza de Cristo.

Nosotros participamos de la realeza de Cristo por la consagración bautismal y somos introducidos en la comunión con el Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo. Somos de Dios porque somos de Cristo. Tratemos de comportarnos como súbditos fieles de Cristo.

Invocación mariana.

Santa María: te contemplamos coronada como Reina por Cristo tu Hijo en el quinto misterio glorioso del Rosario. Eres nuestra Reina. Queremos ser totalmente tuyos como la mejor manera de ser de Cristo y de la Iglesia.

TERCERA LECTURA. San Lucas 23, 35-43.

El trono del Rey.

El evangelista San Lucas nos conduce al Calvario, hasta Cristo clavado en la cruz. Paradójicamente, la cruz es el trono de Cristo. Su pasión y muerte, el acto supremo de su realeza. En el Calvarlo, se revela, en plenitud, que Cristo es nuestro Rey y Dueño de todas las cosas.

El mundo no entiende que la realeza de Cristo alcance su momento cumbre en la cruz. No lo entendían, por ignorancia, los que lo crucificaron burlándose de Él. Tampoco lo entendía uno de los malhechores crucificado junto a El. El otro, recibió el don de la conversi6n y la fe. Corregía al compañero y suplicaba a Jesús: Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Jesús le respondió: Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.

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Nuestra actitud.

Nosotros queremos aceptar a Cristo en el trono de la Cruz, como a nuestro Rey. Lo adoramos y nos comprometemos a vivir como súbditos suyos.

Invocación mariana.

La Virgen María participa privilegiadamente de la realeza de Cristo cuando está junto a la cruz (Cf. Jo. 19.25). Enséñanos, Madre, a ser totalmente de Cristo-Rey, fieles a su verdad, entregados a las exigencias de su amor, por medio de la Iglesia.

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